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Peor que un dolor de muelas.

Publicada en 01/02/2006

Aseguran los expertos que los peores pacientes suelen ser médicos y farmacéuticos y más si son del género masculino. También es norma  aceptada que eso de ?ir al dentista? se traduzca como una especie de suplicio voluntario al que nos sometemos cuando no queda otro remedio porque nos encontramos fatal. El dicho que encabeza estas líneas puede tener un significado metafórico,  pero aplicado en su literalidad nos suele dejar baldados, fuera de servicio y sin ganas para seguir adelante.

Confieso de antemano que cumplo todos los requisitos antes reseñados: soy sanitario, no voy al médico salvo casos excepcionales, me cruzo de acera cuando veo una consulta estomatológica, me aplico mejunges inconfesables por no sentarme en el potro de las torturas del dentista y me engaño a mi mismo cuanto puedo.

Esta vez, sin embargo, me encontraba peor que el referido dolor de muelas y decidí que más valía sufrir un par de tardes que quedarme sin algunas de mis preciadas piezas dentales. He recordado las distintas campañas de prevención e higiene bucal propiciadas en las farmacias, he confirmado que las recomendaciones que transmitimos los boticarios no las aplicamos en nosotros mismos y he vuelto a comprometerme ante el espejo para que esto no  vuelva a repetirse.

Tras dar las últimas largas al asunto y armado de toda la valentía posible me he presentado en la consulta más cercana a la farmacia. No es la primera vez y me parece detectar cierta sorna en las jóvenes enfermeras y la propia odontóloga que ya  conocen mis limitaciones en la materia. Aunque solo sea por mantener el tipo ante ellas, intento mostrar una cierta solidez de espíritu. No es fácil y creo que me tiemblan hasta las canillas.

Mi sorpresa llega cuando veo que mis temores son bastante infundados. El instrumental no es tan maligno y ruidoso como contemplo en mis peores pesadillas, la anestesia pasa casi desapercibida, no me hacen daño al restaurar los molares, ni la limpieza a fondo provoca ese malestar que hace tiempo nos convencía de los bajos instintos de estos buenos profesionales. Raquel, Maite y Vicky ?así se llaman quienes me  curan- sonríen cuando me alejo. Saben que volveré lo más tarde posible aunque asegure que me han tratado de maravilla y me comprometa a esa visita rutinaria anual que puede evitar males mayores y, muchas veces, irreversibles.

¡Qué razón tienen las campañas preventivas! Hay que acudir al dentista de vez en cuando y desmitificar temores porque en este campo las técnicas también han avanzado mucho y, desde luego, es mucho peor un dolor de muelas.

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